Luego de que Augusto Batalla tapara ese agónico penal al minuto 94, todos supimos que el sueño se había hecho realidad. El Rayo Vallecano conseguía la hazaña más grande dentro de sus 102 años de vida institucional: alcanzar una final europea.
Tras el pitazo final, esa noche del jueves 07 de mayo del 2026, se transformó en fiesta. En Vallecas, en los bares, en las calles y, más tarde, en la Fuente de la Asamblea, donde los rayistas solemos reunirnos para celebrar nuestras alegrías. Luego de los abrazos, los cánticos y la incursión espontánea de un rayista a la fuente, producto del júbilo por la victoria y el pase a la final, comenzó una conversación con mis amigos que terminaría llevándonos hasta Alemania.
A diferencia de otros rayistas, ninguno de nosotros había realizado un desplazamiento durante toda la competición. Ni en la fase de grupos, ni en las eliminatorias. Viajar detrás de tu equipo de fútbol no siempre es una cuestión de voluntad. Muchas veces también es una cuestión de bolsillo. Pero si alguna vez íbamos a hacer el esfuerzo, tenía que ser ahora.
Y así, entre la euforia de una noche que parecía no terminar nunca, comenzaron las búsquedas de vuelos, las cuentas imposibles y las combinaciones extravagantes. Horas después, el viaje era una realidad. Nos íbamos a Leipzig.
La primera señal de que algo extraordinario estaba ocurriendo llegó en Barajas. Mi primera imagen al bajar del bus fue ver a un muchacho con su padre, ambos con camisetas del Rayo. Él se liaba un cigarrillo mientras el padre le hablaba. La imagen me anticipaba una escena que iba a ser frecuente en los siguientes días. Una vez pasados los controles rutinarios la imagen se repetiría. Gente sentada ya en sus puertas, otros pendientes de la pantalla esperando que se les designe una. Unos viajaban solos, otros en grupos de amigos, otros en familia. Todos parecíamos compartir la misma mezcla de ilusión y nervios.
Y, había una pregunta que se repetía una y otra vez:
—¿Y tú cómo vas a llegar a Leipzig?
Al final, cada quien había encontrado el mejor camino posible para llegar a Leipzig. Había quienes volaban a Berlín. Otros íbamos a Praga. Algunos habían salido días antes y otros improvisaban sobre la marcha. Cada uno había encontrado su propia ruta.
Conforme avanzaba el viaje, el fenómeno se hacía cada vez más evidente. Rayistas en aeropuertos. Rayistas en estaciones. Rayistas en cafeterías. Gente que apenas se conocía sonriéndose como si fueran viejos amigos. Como si el simple hecho de llevar la franjirroja sobre el pecho fuera suficiente carta de presentación.
En Roma, ciudad en la que teníamos que hacer una escala, compartimos taxi con Luigi, un tifoso de la Roma que durante el trayecto nos enseñó orgulloso fotografías suyas en la conquista de la Roma de la Conference League. Lo tomamos como una señal. Al llegar a nuestro destino, el viaje fue tan ameno que le regalé un llavero del Rayo como recuerdo. Luego de este gesto, Luigi nos pidió hacernos una foto y nosotros nos hicimos una con él también.
En Praga volvieron a aparecer las primeras camisetas franjirrojas. Algunas más alegres que otras, probablemente por efecto de las cervezas. Era otra señal de que todos íbamos hacia el mismo lugar. Luego de cenar y dar unas vueltas más volvimos al hotel porque el día siguiente partíamos a Leipzig temprano.
Cuando finalmente llegamos a Leipzig, ya era imposible caminar cien metros sin cruzarse con alguien del Rayo.
La ciudad alemana se había llenado de Vallecas.
El corazón de aquella invasión fue la Richard Wagner Platz, dónde se instaló la Fan Zone del Rayo. Allí nos encontramos con amigos, vecinos de grada, conocidos y desconocidos. Gente que se abrazaba como si llevara años sin verse cuando, en algunos casos, apenas se saludaban los domingos en el estadio.
Era imposible avanzar diez metros sin que alguien se encontrara con alguien.
Por un momento, la Richard Wagner Platz dejó de ser una plaza alemana. Se convirtió en la pequeña explanada junto al mercado de Nueva Numancia y ese miércoles 27 de mayo en un domingo cualquiera. Leipzig seguía estando allí, pero Vallecas había conseguido abrirse paso hasta el centro de Europa.
Más tarde, buscando algo que comer, conocimos a un padre y a un hijo, aficionados del Athletic Club residentes en Leipzig, que se dirigían a la fan zone para apoyar al Rayo. Les regalé una bufanda que había llevado desde Madrid. Durante el viaje había repartido también un par de pines y un llavero entre aficionados rivales y personas que nos habían ayudado por el camino. Quizá porque, en el fondo, todos entendíamos que aquello era mucho más que una final.
Al caer la tarde llegó el momento de caminar hacia el estadio, miles de personas comenzaron a avanzar juntas por las calles de Leipzig. Cantábamos. Reíamos. Algunos vecinos observaban desde las ventanas. Otros saludaban.
Parecía una procesión.
Y lo era.
Una procesión rumbo a su cita con la historia y el destino.
Porque después de tantos kilómetros, tantas escalas y tantas conversaciones, daba la sensación de que lo importante ya había ocurrido. Habíamos llegado.
El partido todavía estaba por jugarse. Instalados en nuestros asientos, estuvimos conversando y haciéndonos fotos mientras la tribuna se seguía llenando. Una vez que los jugadores saltaron al campo para sus ejercicios de calentamiento, la tribuna se vino abajo en arengas como muestra de apoyo.
Tras la ceremonia inicial de la final, se dio pase a la salida de los equipos y los siguientes 90 minutos nos los pasamos arengando a los nuestros y presionando al rival. Al final todos jugamos el partido y nosotros éramos el jugador n° 12.
El partido fue reñido, con un ligero dominio del Crystal Palace sobre nosotros, lo que al final daría pie a lo que vendría después. A pocos minutos de haber comenzado el segundo tiempo, llegaría un agónico gol del Crystal Palace que los colocaría por encima nuestro.
El partido terminó escapándose por detalles. Ese gol del Crystal Palace en la segunda parte bastó para decidir la final. Pero lo que recuerdo con más claridad no es el gol.
Recuerdo a dos chavales que estaban sentados a mi lado. Uno mayor que el otro. Comencé a charlar con ellos para liberar tensiones, pero en sus caras podía ver la mezcla de ansiedad y frustración de que el tiempo pasaba y no llegaba el bendito empate que nos diera un respiro.
Cuando llegó el pitido final rompieron a llorar.
Mientras los jugadores rivales celebraban el título, nosotros seguimos cantando. En ningún momento estuvimos en silencio. Intenté consolarlos, sostenerlos, recordándoles todo lo que habíamos conseguido y que estén orgullosos. Que nadie esperaba ver al Rayo allí, que habíamos sido la “anomalía” en el sistema del fútbol moderno. Que toda Europa había escuchado hablar de nosotros durante estos meses.
Ellos lloraban.
Yo también tenía los ojos llorosos.
La tristeza se respiraba en el lugar.
Y, sin embargo, nunca me había sentido tan orgulloso de pertenecer a algo.
Esa salida del estadio fue silenciosa, vacía. No sabía cómo sentirme. Estaba triste y al mismo tiempo satisfecho.
Una semana después todavía me cuesta ordenar las emociones de esos días. Quizá porque el viaje nunca trató realmente sobre una final. Ni siquiera sobre el fútbol.
Trató sobre descubrir que Vallecas podía existir a dos mil kilómetros de casa.
Y que, por unas horas, un barrio entero se mudó a Alemania.
