Conocí a Iván Noble en el verano de 2011, durante un romance fugaz con una chica argentina que fue quien me lo presentó. Sus canciones, habitadas por el amor derrotado, encajaron rápido en un espacio emocional en el que suelo desenvolverme con frecuencia. Desde entonces, su música se quedó conmigo de forma intermitente, como ciertas historias que no terminan de desaparecer.

Han pasado quince años desde aquel primer encuentro con sus canciones y ayer, por primera vez, pude verlo en directo aquí en Madrid. Un debut tardío no solo para él, que pisó por primera vez España con más de tres décadas de carrera, sino también para mí, que lo he escuchado durante años sin haber coincidido nunca con su escenario. Iván Noble pertenece a esa clase de artistas que uno, siendo peruano, asume que nunca verá en directo.

El concierto tuvo lugar en el Café Berlín, un espacio subterráneo que ya desde la entrada marca el tono de la noche: escaleras metálicas con luces blancas descendentes y, al final, un salón que parece un viejo cabaret teñido de luces rojas y azules. Mesas redondas y un público que se acomoda lentamente como si cada quien estuviera buscando su lugar en una conversación que todavía no ha empezado.

Había unas 25 personas en la cola antes de entrar. Gente de mediana edad hacia arriba, con una presencia mayoritaria de acento argentino. Lo pude percibir porque resonaba en mis oídos por delante y por detrás mientras esperaba en ella. El ambiente era tranquilo, casi expectante. En el interior, el silencio inicial fue cediendo poco a poco al murmullo de desconocidos compartiendo mesa, obligados por la disposición del lugar a reconocerse al menos durante unas horas.

En el escenario, un piano de cola negro y una guitarra electroacústica marcaban la sobriedad de lo que venía. A las 20:15 aproximadamente apareció Rubén Casco, copa de vino en mano, y se sentó al piano. Poco después, Iván Noble entró con la misma calma, también con una copa de vino. Ante los aplausos de bienvenida del público, este los saludó llevándose el puño al corazón. Luego se sentó, tomó la guitarra y comenzó a tocar.

El concierto se abrió con “Waterloo”. A mitad de la canción interrumpió brevemente para saludar: “Buenas noches Madrid”. El público respondió con aplausos. Repitió el gesto del corazón, todavía con cierta timidez.

Desde el inicio, Noble se mostró contenido, casi tímido, pero no rígido. Más bien como alguien que va encontrando su lugar dentro de la propia escena. No se movía por el escenario, pero se iba soltando en los gestos: acercando el micrófono al público, sonriendo, dialogando entre canciones. Su estilo, sencillo y elegante —camisa de tono humo, jeans oscuros, Converse de cuero negro— encajaba con esa idea de sobriedad cercana.

Entre canción y canción, el humor empezó a aparecer. Contó una anécdota con León Gieco, que al decirle que venía nervioso a España le respondió entre risas: “¿Nunca fuiste a España?… ¿Sos boludo?”. Más adelante, otra con Fito Páez, a quien le intentó explicar una canción que había escrito sobre el divorcio y recibió como respuesta: “No me tenés que explicar nada, tengo tres divorcios encima”.

La sala respondió con risas. Con cada intervención, Noble parecía aflojar un poco más. Preguntó cuántas personas estaban felizmente enamoradas; la respuesta fue claramente menor de la que él esperaba, lo que provocó otra risa general. El tono del concierto fue mutando hacia algo más relajado, más compartido.

El público, mientras tanto, alternaba entre el silencio atento y la entrega. Una pareja a mi lado se besaba entre canciones; otros cantaban apenas en voz baja, y muchos simplemente observaban o grababan los mejores momentos con sus móviles. Copas y cervezas circulaban entre las mesas como parte natural del ritual.

El punto de inflexión llegó con las canciones de Caballeros de la Quema. Fue ahí donde el concierto se abrió del todo. Cada vez que sonaba alguna de ellas, el público explotaba en los coros, cantando incluso por encima de la voz de Iván en algunos momentos. La interacción se volvió constante, casi festiva. “La especialidad de la casa son canciones de amor perdidas”, dijo en un momento, ya plenamente cómodo.

El humor siguió creciendo, al igual que la conexión con la sala. Invitó a la cantante Guada, cantautora argentina radicada en Madrid, al escenario para interpretar “Otro jueves cobarde”. El público respondió con entusiasmo. “Esta versión tenemos que grabarla”, sentenció Iván una vez terminado el tema. Cada intervención confirmaba que la noche había dejado de ser ese debut nervioso que él mismo había anticipado y advertido, para convertirse en algo más cercano a una celebración compartida.

El cierre llegó con “Olivia”, anunciada como la última canción porque “ya nos están echando”. Pero el público pidió una más, y hubo tiempo para cerrar la noche con “Avanti morocha”, que terminó de elevar la energía de la sala antes de los aplausos finales.

Iván se despidió levantando las manos y haciendo un gesto sencillo de “chau”, antes de dirigirse hacia el camarín entre aplausos.

Para mí, el concierto terminó con una sensación de calma y satisfacción. No fue solo el concierto de un músico debutando tarde en Madrid. Fue una noche íntima en la que canciones de derrotas amorosas encontraron un lugar natural en una sala subterránea, entre copas, mesas compartidas y desconocidos que, por un par de horas, compartieron algo muy parecido a la nostalgia.

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